Breve elogio de la violencia
Mircoles, 08 de junio de 2011 | Propiedad intelectual
Decía Michel Foucault que cada época produce sus dispositivos. Así, el gran invento del siglo XX habría consistido en elaborar una lógica de poder biopolítico, cuyos dispositivos irónicos «nos hacen creer que en ellos reside nuestra liberación» [1]. Mientras recordaba esta cita me preguntaba en qué tipo de dispositivo se estaba convirtiendo el movimiento conocido como 15 M. En principio, mediante las acciones que tienen lugar allí se procura configurar un tipo de sensibilidad política diferente, pero es lícito preguntarse hasta qué punto se asume una actitud de ruptura con la lógica del orden políticoeconómico que se pretende denunciar. La pregunta surge porque es muy difícil precisar cuáles son las maneras de percibir, pensar y decir que están dando forma a esta sensibilidad colectiva. En gran medida, la cosa parece oscilar entre dos lógicas difíciles de conciliar: una política del consenso y una política del conflicto.
En primer lugar se trata de anular cualquier atisbo de violencia y para ello se recurre al relato de un movimiento pacífico. Se promueve así una retórica de la indignación y el victimismo, lo que ha dado lugar a una psicologización de la política y una reducción de la fuerza colectiva en un conjunto disperso de estados de ánimo individuales.
En segundo lugar, se promueve un discurso que reconoce el conflicto como motor para la acción política; sin embargo, se afirma desde allí que toda transformación real solamente tendrá lugar si se derroca el orden actual y se funda una sociedad completamente nueva.
Ambos discursos son viejos conocidos, formas manidas de simplificar y empobrecer las fuerzas colectivas. El aspecto novedoso es que han comenzado a convivir en un mismo relato, de tal modo que establecen un perverso vínculo de complicidad para que nada cambie, una actitud esquizofrénica que, por un lado, incita al cambio comulgando con un discurso conservador, y por el otro, insta a la revolución negando cualquier acción efectiva por considerarla insuficiente o vagamente reformista.
Todo esto origina un confuso registro de visibilidades. Bajo la excusa de una higiénica agilización de las asambleas, se regula el modo en que deben decirse las cosas y expresarse los cuerpos. Una de las plataformas que impulsa este movimiento consideró prioritario elaborar una «guía rápida de dinamización de las asambleas». La lógica pragmática y aséptica de este manual encubre la normalización que ejerce en las conductas de las personas. Aprueba y condena maneras de estar, decir y actuar. Fija normativamente el ethos correcto que debe darse a esta nueva sensibilidad colectiva, a tal punto que se ha creado una “comisión de comisiones” que controla, depura y redefine los discursos que serán pronunciados en las asambleas generales. Este desesperado esfuerzo por conservar una imagen de “exquisito civismo”, tal como los medios de comunicación se encargaron de reivindicar, olvida la importancia de que sean las mismas fuerzas las que determinen su propia manera de ser y establece una ingenua y peligrosa connivencia con los dispositivos con los que se quiere romper.
En el mismo intento de neutralización de la violencia se abre la red invisible de su ejercicio. Probablemente el inconveniente esté en este sintomático esfuerzo por sostener un relato anti-violento del movimiento y la cuestión radique en asumir dentro de sí una idea constructiva del conflicto y la violencia.
En latín la palabra violencia (violentia) es el resultado de la combinación de dos palabras: el sustantivo fuerza (vis) y el participio llevar (latus). Violencia significa “llevar las fuerzas hacia”, es decir, hacer un uso intenso de la fuerza para alterar un orden de cosas. Si el movimiento renuncia al término violencia, corre el riesgo de negarse a sí mismo y olvidar los dos actos violentos que comenzaron a perfilar un lugar
de trabajo colectivo: la ocupación del espacio público y el deseo de tomar la palabra. Violentar los espacios y las palabras no es otra cosa que transformar su naturaleza. Y para ello es necesario asumir la violencia inherente a toda acción política. O dicho de otro modo, esclarecer hacia dónde se desea orientar las fuerzas individuales y colectivas.
En algunos casos se escuchan las voces de un conformismo complaciente que tan sólo desea reproducir los estilos de vida anteriores a la crisis y se limita a exigir que se les garanticen las condiciones para acceder a los acomodados niveles de vida y consumo que, sienten, les han arrebatado, todo dentro de una misteriosa fe en su destino como apacibles propietarios.
En otros prolifera el grito de almas bellas incapaces de asumir la responsabilidad de transformar la vida colectiva desde el mismo orden de cosas existente. La necesidad de establecer un orden radicalmente nuevo hace que cualquier acción puntual sea considerada como una acción deficiente, contaminada por el sistema y enemiga del idílico nuevo orden social. Así, la acción política oscila entre el discurso victimista y la pulsión de destruirlo todo. La disyunción entre querer conservar todo como está o cambiarlo todo se disuelve en una misma lógica de la inacción.
¿El movimiento 15 ha llegado a un punto muerto? ¿Ha asumido la lógica de los dispositivos contra los que luchaba, al punto de buscar la emancipación dentro de ellos? Los dispositivos de poder contemporáneo han construido el espacio público como la realización de un valor ideológico en el que se desea ver ordenada una masa indiferenciada, y en la que se espera que los individuos transiten para trabajar y consumir. Se expulsa así todo aquel que no sea capaz de seguir este orden natural de las cosas. Es necesario ir madurando una idea de responsabilidad política que nos permita pensar qué queremos hacerle decir a las palabras democracia, ciudad, espacio público, etc. Para ello es imprescindible que la palabra esté viva, circule, se violente y enemiste consigo misma. El espacio debe ser un sitio conflictivo, en constante ejercicio de redefinición. Si el movimiento aspira a neutralizar el conflicto que lleva dentro de sí, no hará más que anular sus propias fuerzas y pasar a formar parte del decorado turístico de las plazas públicas.
De este modo, se vuelve necesario inventar dispositivos que desactiven ciertas maneras de decir, pensar y mirar. Deformar el espacio, hacerle perder su cotidianidad y utilidad político-económica. A fin de cuentas posibilitar una apertura indecidible e incalculable, un ejercicio de extrañamiento que se resiste a los lugares en los que cotidianamente nos reconocemos. Esto es, hacer un mapa distinto de los espacios, hacerle decir otra cosa a las palabras y configurar una forma de sensibilidad alejada de los dispositivos de control y gestión de las conductas.
A lo mejor sea el momento de preguntarse por los lugares de enunciación de los discursos y el ideal utópico que envuelve el movimiento. Como dice Ranciére:
«la palabra utopía es portadora de dos significaciones contradictorias. La utopía es el no lugar, el punto extremo de una reconfiguración polémica de lo sensible, que destruye las categorías de la evidencia. Pero es también la configuración de un buen lugar, de una división no polémica del universo sensible, donde lo que se hace, lo que se ve y lo que se dice se ajustan exactamente. Las utopías (…) han basado su funcionamiento en esta ambigüedad: por una parte, como revocación de las evidencias sensibles en las que echa raíces la normalidad de la dominación; por otra parte, como proposición de un estado de cosas donde la idea de comunidad tendría sus formas adecuadas de incorporación, donde, por tanto, quedaría suprimida esta contestación respecto de las relaciones de las palabras con las cosas, que constituye el meollo de la política» [2]
Frente a la locura utópica de un movimiento pacifista que intenta jerarquizar los espacios y las conductas a través de paradójicos dispositivos inclusivos de liberación, es urgente hacer proliferar el concepto de heterotopía como un espacio heterogéneo de lugares y relaciones. Devolverles a las prácticas discursivas y no discursivas el status de ficciones, esto es, el rol de montajes prácticos capaces de configurar conflictivamente el territorio de lo visible, lo pensable y lo posible. La pregunta en última instancia es la misma que dio nacimiento al movimiento, esto es, ¿cómo orientar las fuerzas colectivas? Quizá la respuesta sea más sencilla de lo que parece: continuar con la voluntad de espacializar el movimiento, hacerlo extensivo a los barrios y dejar que éstos nos devuelvan un rostro informe, una conflictiva red de temporalidades y lugares incapaces de reducirse a la monstruosa y alegre lógica homogeneizadora del buenrollismo global, esa misma que reduce la mueca de rabia a un conjunto ordenado de emoticonos.
[1] Michel Foucault, Historia de la sexualidad, I. La voluntad de saber. Siglo XXI, Madrid, 1995. pág: 194.
[2] Jacques Rancière, El reparto de lo sensible. Lom, Santiago de chile, 2000, pp : 19-20.
Comentarios (12)
Ernesto Castro el día 2011-06-13 09:26:31 ha escrito:
Voy a ser claro: no estoy de acuerdo contigo. Con la palabra "violencia" invocas una entelequia que se te escapa de las manos y no termina de conciliarse con el resto de cosas que afirmas. El mitologema del pueblo en armas y la retórica de la violencia creativa es tan sugerente como abstracta. No entiendo eso del "rostro informe" que tienen que devolvernos los barrios, tampoco sé muy bien a qué va a aportar al movimiento "devolverles a las prácticas discursivas y no discursivas el status de ficciones, esto es, el rol de montajes prácticos capaces de configurar conflictivamente el territorio de lo visible, lo pensable y lo posible." Creo que aquí hay mucho filosofema y poca concreción empírica. Varias dudas que me han surgido: a) ¿Hablamos de violencia "de verdad de la buena" o de la que aparece en los libros de filosofía -violencia sagrada de Benjamin, etc? b) Con "rostro informe" ¿propones una especie de lucha fratricida dentro del movimiento?, ¿hasta qué punto es ace
Ernesto Castro el día 2011-06-13 09:27:10 ha escrito:
Por mucho odio que tengamos hacia el buenrollismo, por muy en desacuerdo que estemos con los anarquistas que dominan la comisión de Política a Largo Plazo, hay que tener en cuenta el contexto en que surge esta “revuelta”: a la sombra de unas elecciones municipales. Algunos dirán que es un síntoma de descrédito hacia la democracia. Yo creo que la apuesta por la “democracia real” es sincera y, en este sentido, considero que renunciar al diálogo y apostar por la violencia –por muy legítimo que sea el objetivo- es traicionar a la primera de cambio los principios que identifican al movimiento. La democracia empieza en la propia lógica que tiene el movimiento con la gente de dentro (simpatizantes) y de fuera (policía, empresarios y fuerzas del estado). Estos principios del 15-M no los hemos decidido ni tú ni yo, pertenecen al ethos democrático que –creo- esta revuelta encarna. Aunque dentro de las asambleas sea difícil sacar adelante las propuestas, en esto estoy con
Réplica de Luciana Cadahia el día 2011-06-13 09:29:36 ha escrito:
Me encanta que no estés de acuerdo porque eso quiere decir que el texto ha suscitado el tipo de violencia del que trato de dar cuenta. En realidad el término tampoco me interesa tanto, lo elegí como podría haber escogido las expresiones disenso o conflicto. Me decanté por la violencia porque me permitía hacer una denuncia más provocadora y directa al supuesto pacifismo del que se jactan algunos integrantes del movimiento. En ningún momento pensé en las grandes teorías de moda que están circulando hoy en el mercado de la intelectualidad de izquierdas. Benjamin me aburre, Derrida le unta mucha mantequilla a sus reflexiones y Agamben es un conservador mesiánico. Tampoco intenté hacer una reivindicación romántica del pueblo en armas, como parece sugerir la fotito que está a la derecha de mi texto en la revista. Mi pretensión es más modesta: dentro del movimiento pasan muchas cosas. Algunas cosas me gustan y otras no. Una de las cosas que no me gusta es que se respira cier
Réplica de Luciana Cadahia 2ª parte el día 2011-06-13 09:30:57 ha escrito:
No me parece oportuno que le digan a la gente cuáles son los signos con los cuales debe aprender a expresarse y obligarles como rebaño a poner el femenino y el masculino en todas las expresiones. No creo que sea saludable edulcorar la carga política de ciertos discursos. Me parece que no se trata tanto de anular el conflicto, sino de negociar con él. Estoy de acuerdo con vos. Creo que es fundamental que se articulen propuestas. Más aún, he participado como cualquier ciudadana para que esto sea posible. Pero la articulación de propuestas no tiene por qué negar que eso se dé en el seno de una negociación constante y conflictiva. En relación con tus preguntas: a) No sé a qué te refieres con esa distinción entre “verdadera violencia y “la que aparece en los libros de filosofía”. No comprendo por qué hacés esa mañida dicotomía entre praxis y teoría. Y si la hacés me vuelvo mohuriñista y te pregunto ¿por qué? b) No propongo una lucha fratricida. Creo que la p
Réplica de Luciana Cadahia 3ª parte el día 2011-06-13 09:31:27 ha escrito:
Ahora te hago una serie de peguntas a vos: 1. ¿Por qué pensás que la explicitación del disenso hace menos pragmático el movimiento? ¿Tu afirmación no es un poco peligrosa? Me suena a la lógica del partido y su horror al disenso. 2. ¿Por qué crees que el texto que escribí establece un rechazo de las asambleas y una apología abstracta de la violencia? El escrito apuesta por las asambleas. Y apuesta por ellas de un modo radical. Lo que intento hacer allí es denunciar cierto dispositivo de control que trata de controlar las asambleas y no permite la indeterminación simbólica que todo movimiento debe tener para ser creativo y reactivar constantemente sus fuerzas. Y esto solamente es posible si lidiamos desde el conflicto (o desde la violencia, si preferimos llamarlo así). De lo contrario podríamos caer en un gran procedimiento auto-gestionado. Para concluir, también creo que la apuesta por la democracia del movimiento es sincera, lo cual no implica dejar de estar atent
Ernesto Castro el día 2011-06-13 09:32:13 ha escrito:
Contraréplica a Luciana Cadahia (I): Decididamente, la palabrita de marras se nos ha ido de las manos. Cuando te preguntaba si la violencia a la que invocas en tu texto era de verdad de la buena o de la que aparece en los libros, no me refería a la distinción entre teoría y praxis. Simplemente quería saber si estabas utilizando el término en sentido limitado –violencia en sentido de agresión física- o más amplio –“violencia” como un término que podría sustituirse por “disenso”-. Tu intervención aclara que estás utilizando la segunda acepción. Ya he dicho cual es mi opinión acerca del uso de la violencia en el sentido de agresión física: no conduce a ningún lado, no es un medio legítimo dentro de una revuelta que se declara seguidora de los ideales de la democracia real e inclusiva. El problema que tengo con la apuesta por el disenso es que no sé muy bien qué modificaciones de la lógica asamblearia se está proponiendo. Si la apuesta por la agresi
Ernesto Castro el día 2011-06-13 09:34:28 ha escrito:
Contraréplica a Luciana Cadahia (II) A mi juicio, tendría que haber más autocontrol en el uso del turno de palabra. Por motivos de economía de tiempo y esfuerzo. Se ha malgastado mucho de ambos en escuchar a gente que se empeñaba en acentuar una y otra vez sus diferencias con propuestas de consenso aceptadas por la amplia mayoría. La escasa efectividad de las asambleas se debe en parte a esta pulsión por estar a la contra que más de uno no ha sabido contener. Todo el mundo tiene el derecho de expresarse como quiera, ojo. Pero creo que ha llegado el momento de ponerse de acuerdo en una serie de mínimos y para ello me parece vital asumir cierta disciplina. Frente al disenso, confío en la escucha activa. Trabajar a partir del mínimo común denominador entre las diferentes demandas nos hace fuertes, enredarnos en un toma y daca de argumentos sólo nos hace perder el tiempo. Creo que hay que aprender a ceder en este tipo de situaciones, dejar las diferencias que no vienen al c
Intervención de Guillermo Ortiz el día 2011-06-13 09:35:01 ha escrito:
Luciana; me ha parecido interesantísimo el artículo. Pero no entiendo muy bie na qué te refieres cuando dices que el 15M regatea el disenso. Como si evitara encarar problemas por la vía de darles las espalda. No sé si es un poco lo que quieres decir pero a mi no me está dando esa sensación, o por lo menos de manera tan radical. Si que he notado que se ha sacrificado (mutilado) la posibilidad de un "pensamiento salvaje" en aras de la gobernabilidad, y que ello puede tener consecuencias perversas a corto medio plazo (comisiones de comisiones). igual digo una tontería...
Antonio Martin-Ledesma el día 2011-06-13 15:31:17 ha escrito:
Hola Luciana: Ante todo felicitarte por tu articulo-comentario. Creo que planteas una reflexion esencial que, creo gira sobre la cuestion: cual es la relacion entre eventos, su logica de percecion (los mecanismos que los hacen visibles en un entorno o contexto determinado) y su capacidad de generar un discurso autonomo? Es posible generar un relato depurado de los mecanismos de percepcion,, el sensacionalismo mediatico, orquestrado por las instituciones de poder, que rodean este tipo de eventos? En vocabulario Foucaldiano se leeria en terminos de cual es la relacion entre biopolitica ; el proceso por el que uso de poder institucionalizados indican como su funcion la gestion de (life as a singular form) y biopower los dispositivos implementados para "hacer hablar" a estas formas de vida con "sentido". Creo que en tu articulo, apuntas al hecho de que el movimiento del 15 M no ha producido una narrativa disidente con respecto a los dispositivos que han hecho hablar al e
Adrifilo Adrifilo el día 2011-06-15 22:08:10 ha escrito:
Me parece muy interesante y stoy deacuerdo con lo que tú planteas. Creo q pones de relieve problemas que están empezando a aparecer al consolidarse algo q, en su nacimiento, fue una pura diferencia. Parece q el tiempo está congelando el movimiento y con ello se está generando una forma de poder similar a la que critica. Cualquier forma de solidificación en el movimiento (incluso la propia normatividad asumida para los turnos de palabra) nos conduce a una nueva forma de biopoder que no tardará en comprarse y venderse en camisetas del 15-M si se finalmente se petrifica. Posicionamientos q se han tomado, como la repulsa a la violencia, están haciendo q se pierda el significado de lo que nombra la propia palabra violencia. No pienso que haya que asumir ninguna disciplina para llegar a un consenso de mínimos. No necesitamos, el 16-M, disciplina para salir a la calle de forma masiva y unificada, ¿por qué lo vamos a necesitar ahora para estar deacuerdo? Si no lo estamos, sigamos
Revista Mamajuana el día 2011-06-16 00:04:53 ha escrito:
Perdonad por los errores en los comentarios chicos, en breve solucionaremos los problemillas de extensión y mayúsuculas.
Adrifilo Adrifilo el día 2011-06-15 22:37:34 ha escrito:
