"El tiempo de una vida nos separa": Poemas de una lúcida senectud

Sbado, 10 de septiembre de 2011 | ISBN

Senectud es, a priori, una palabra bien fea, no por su sonoridad ni su forma sino por las terribles connotaciones que concede a quien le sea aplicada. Sin embargo es el justo y necesario término para poder describir esta poesía de la que os vengo a hablar: aquella que descansa en algunos de los fantásticos y extraños libros de poemas más recientes de autores como Pablo García Baena (1923), María Victoria Atencia (1931), Leopoldo María Panero (1948), y sobre todo, aquí, nuestro poeta a reivindicar: Álvaro Pombo (1939).

 

Cuando hablamos de juventud casi siempre mencionamos la inocencia, la inexperiencia y, sobre todo, la compasión: «pobre joven poeta», decimos, «que habla del mundo sin haberlo degustado aún». También hay cierto entusiasmo melancólico en el poeta joven, pues aunque éste aún no se refugie en el recuerdo y en la añoranza de tiempos pasados, sí quiere sentirse maduro y vivido y sí sabe, como todos sabemos, que la juventud no es más que una luna de miel extensa e importante en su carrera literaria, una luna de miel fugaz en la que todo es posible. Es ese el mismo entusiasmo melancólico que he encontrado en algunos de los últimos textos que el poeta Álvaro Pombo recoge en su último libro de poemas Los enunciados protocolarios (Vandalia, 2009). Si la poesía de juventud nos maravilla en su imperfección, la poesía de senectud nos aturde en su exceso de perfección, llegando de nuevo a ser imperfecta: Los enunciados protocolarios recoge una literatura que aturde en cuanto a referencias, expresiones, figuras y exceso de formas, juegos de palabras y estilos dentro de un mismo poema. Sus palabras: memoria, juventud, recuerdo, cuerpo, niño, el sexo (aunque escondido) sí, el sexo, la naturaleza en todas sus representaciones, mimosas, jibias y otras palabras salvajes escondidas entre imágenes puramente urbanas e incluso ocultas bajo La Política. Los enunciados protocolarios no deja de ser, a mi juicio, el diario de un viejo poeta que observa y escribe desde un siglo XXI muy suyo y al tiempo muy lejano. Suyo porque sabe reinventarse en él, porque sabe reencontrarse en él, porque sabe rejuvenecerse. Así, otra vez, la senectud deviene juventud: o Álvaro Pombo en el centro comercial de su propia poesía, donde vende su vida al mejor precio, «y todas las grandes superficies», señala él en el primer poema, «de mi inservible corazón».

 

En Los enunciados protocolarios encontramos algo de despedida y de Despedida, uno de los poemas más importantes de Luis Cernuda en Desolación de la Quimera (1962). En ambos libros los poetas recuerdan o dicen que recuerdan. Los poetas inventan o dicen que inventan. Los poetas velan por una vida suya que no es suya porque ya ha pasado y sólo les queda el canto. «Cenceños jóvenes porteños pasan de largo sin volver a mirarme», escribe Pombo. «El tiempo de una vida nos separa / Infranqueable: / A un lado la juventud libre y risueña; / A otro la vejez humillante e inhóspita», escribe Cernuda. De este modo Álvaro Pombo también se suma a la lista de poetas que con dos o tres últimos versos exactos se dan de baja del mundo, como queriendo observar desde lejos, sólo desde muy lejos la literatura, los cuerpos hermosos que ya no pueden ser amados, y sobre todo, su propia vida: «deslizadera infértil de la nada donde los tres nos olvidamos solos». Una salida triunfal.

 

Senectud es una palabra hermosa en muchos aspectos. Poesía de senectud es un sello que muy pocos autores podrán mostrar orgullosos en su pasaporte, pues si ya pocos llegan hasta el final, menos consiguen hacerlo de una manera tan perfecta, y si algo tiene en común la última poesía de los autores anteriormente mencionados (Baena, Pombo, Panero o Atencia) es su trayectoria de perfección, su vuelta a la niñez y a la buena poesía. Su vuelta al paraíso. A la luna de miel. Ellos escriben soy un niño. Ellos lo apuntan y este ha sido mi camino. La poesía de la senectud es la poesía del camino de regreso: ese punto en donde todo es como era antaño pero menos cálido, quizá, y menos brillante. Y ese es sin duda el mensaje  que nos transmite Álvaro Pombo en el libro que inicia su etapa de Despedida: la juventud es hermosa, la belleza es necesaria y la poesía es una de las más duras cargas en la vida... pero merece la pena acompañarla.

 

«Ten piedad de nosotros artífices del alba que no mentimos nunca

de la muerte pequeña del aura de la vida de los copiosos libros y los fríos ocasos

de nuestra juventud nuestra vejez ahora».

 

(Álvaro Pombo, últimos versos de Los enunciados protocolarios)

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