Rabia

Por Carlos Yushimito del Valle

Saludamos el estreno de nuestro espacio de creación, Creative Cmon, con la publicación de un cuento inédito de Carlos Yushimito del Valle (Lima, 1977). El autor que apareció en la reciente lista Granta de los mejores narradores jóvenes en español publica este junio Lecciones para un niño que llega tarde, en Duomo Ediciones. Ve al pie de texto para descargarte Rabia a tu e-reader en formato .mobi.

 

 

 

Para Jaru, en recuerdo de los años en S.M.

 

 

  

Así mismo fue como sucedió: recogí la planta de la carreta y me encargué de llevarla en brazos. Dos o tres calles enteras la cargué como si fuera parte de mi cuerpo. Pagué por ella y me la llevé a cuestas conmigo. No tuve dudas; era un hermoso arbusto de hojas largas, recién reverdecidas. La imaginé creciendo en un ángulo del jardín de casa; la vi lejos de esa apretada superficie que le alquilaba la carreta, sobre la que viajaba con otras plantas gitanas. Iba junto a una palmera real y varias plantas de yuca; pero entre la sombra de todas ellas, era como un tipo musculoso haciendo alarde de su magnífica forma frente a los espejos de un gimnasio. Cuando la vi, sencillamente saqué el dinero del bolso y el conductor de la carreta se detuvo: no hacía falta otro parque itinerante más en esta seca y polvorienta ciudad de mierda, y se lo dejé saber con una oferta que no supo desairar.

«Para la vieja», le dije.

Y pagué.

 

 

Supongo que fue ésta la imagen que desconcertó al alemán del Gaucho. Vi la tensión de su cuerpo, sus ojos rojos mirándome a través de las hojas de la planta, y supe enseguida que iba a embestirme; mucho antes de que sus patas escuálidas se tejieran unas a otras en el camino; mucho antes incluso de que sus afilados dientes atravesaran mi pantalón y yo le lanzara mi carga encima, como quien se deshace de un pecado. El Gaucho siempre se había deshecho de sus perros como si fueran camisas; un día tenía uno y al siguiente era distinto, nunca supimos qué hacía con ellos. Pero este chucho duraba ya bastante y había llegado a crecer hasta alcanzar un buen tamaño para su raza. Era siempre amigable con los vecinos, salvo en ocasiones, cuando alguno de los niños intentaba atinarle con una piedra.

No lo queríamos al Gaucho, esa es la verdad. Nos disgustaba la forma en que saludaba, como si fuera mejor que nosotros, el más fino. Le decíamos Gaucho nomás por joder. Tenía un acento argentino que no le iba bien con el cuerpo. Era diminuto y ridículamente altanero, y toda la parafernalia de su acento era apenas porque había vivido seis años en Buenos Aires, en alguna alcantarilla llena de peruanos de los que ahora no se sentía cerca.

Ese día, el Gaucho no salió. Nos habría dado una buena excusa para apedrear su casa. Se quedó, en cambio, medio metido allí, quién sabe si a causa del escándalo que la maceta había hecho al empolvarse en el suelo. Una vez que me hube liberado de la planta, caída como la cabeza de una mujer, su cabello derramado sobre el pavimento, el alemán se recogió avergonzado y volvió dócilmente a su orilla junto a las rejas del pasaje que pertenecían a su dueño.

Me tomé la pierna y vi un impacto fijo: dos agujeros que traspasaban la dura bayeta del pantalón. Lo escalé hasta que liberé mi pierna y entre los vellos de la derecha encontré dos puntos profundos que se hundían en mi carne.

«No parece grave», dijo Tomasito, dejando a un lado su pelota.

«No lo parece», asentí.

Le enseñé la marca de los colmillos y él alzó los hombros como si la transparencia de mi herida no importara gran cosa. Era verdad que no importaba gran cosa; peores consecuencias hemos visto en este barrio. Siguió dando botes a su balón contra la pared, y yo miré mi herida como quien mira sus viejas y fieles zapatillas, ahora abandonadas en un rincón del clóset.

De inmediato vino la hija de Pereira. En temporadas de verano suele vestir unos pantaloncitos jean que ha deshilvanado hasta dejar libres trozos de ancas, blanquitas y robustas, trajinando entre los hilos del corte. Daba gusto mirarla así. Pero cuando ocurrió lo del Gaucho era invierno; llevaba los viejos pantalones de corduroy que la hacían lucir masculina, y esa figura, rellenándole la tela, me hizo quitármela de encima rápido, como si se tratara de un gato que se raspara viciosamente contra mi pierna.

«Jódete, cabro. Así no te guste, soy tu mujer».

Tenía catorce años, Quiteria Pereira.

Así recordé que se llamaba, mientras la veía curarme y rozarme la pierna.

Nos habíamos besado cuando ella tenía doce y yo dieciséis, pero yo no quería nada con ella.

Era extraño, pero ningún hilo de sangre cayó de la pantorrilla. Fue como si la sangre se hubiera quedado encrespada, metida en los hoyos del mordisco, de puro miedo. Siempre les tuve miedo a los perros y no me pareció sorprendente que yo hubiera acabado así, mordido por uno de ellos. Uno siempre termina (me dije) siendo víctima de sus propios miedos. Al rato Quiteria insistió, trayendo consigo un copo de algodón remojado en agua rubia (lo supe por el olor avinagrado y el color amarillo del oxígeno), trayendo también una de las tantas vendas que conseguía su madre en la posta, y con la que envolvió mi pantorrilla, como quien juega a la enfermera, tres vueltas completas.

Me levanté. Recogí mi planta y dejé a los vecinos apalabrándose a la entrada del pasaje. No faltó quien abogara a favor del Gaucho, pero la mayoría quería aporrear sus lunas con nuestra mejor puntería, o al chucho, que oliéndose lo que acontecería con él, se había dado a la fuga. Quizá se lo merecía y quizá en otra época yo lo habría hecho. Por alguna razón, sin embargo, quise acabar pronto con el asunto, tal vez porque me avergonzaba de tener encima un arbusto, o porque me había mordido un perro por protegerlo y yo no lo había hecho gimotear de una patada en los cueros. Pero ésta es la verdad: quería tener algo hermoso en mi vida. Y pensaba simplemente en la buena noticia que le daría a la vieja; sin mordiscos ni vidrios rotos.

 

 

A la vieja le gustó el arbusto. Esa misma tarde abrí un foso y metí en él sus raíces, que son todo rancias y hambrientas, de un color que se parece al desierto. Difícil imaginar que haya allí la posibilidad de una vida; pero sé que esas colitas, que se enraman con color a tierra, se alargarían hasta encontrar una gota mínima de agua en el fondo del despoblado. Escarbarían en su hambre y resistirían el kilo inmenso de un árbol, laboriosamente, como si fueran una madre que llevara a cuestas un hijo recién parido.

A la vieja le gustaba plantar. Teníamos un jardín sin césped en el antepecho de la casa, pese a que en él apenas crecía el verde, obstinado, batallando contra el barro y la mala hierba. En las esquinas, protegidas por la sombra de un muro, se daba el tiempo de sembrar forrajes utilitarios, pero solo la yerba luisa y la manzanilla se permitieron brotar, y allí se habían quedado, soltando sus penachos, para que luego mi madre las pudiera hervir en sus ollas y nosotros pudiéramos beberlas. Ahí planté el arbusto que me había dejado una cicatriz invisible. Al día siguiente me quité la venda e ignoré a Quiteria, que quería seguir tocándome. De haber sido verano otra habría sido mi decisión; pero en lugar de aquello pasé sin mirar al Gaucho esa tarde en que lo encontré echándole agua a su jardín, y evité hacer alusión al chucho que, ajeno a todo, daba volteretas, inocente y redimido de culpas, jugando con un perro más pequeño que él, que había llegado del sur de la cuadra para olisquearle el rabo.

Pasaba, cuando el Gaucho dijo:

«Supe lo del perro, chico».

(Silencio).

«Mala onda la del perro, ¿eh?».

(Silencio).

«¿Estás bien, pibe?».

Agradecí con la mano, sacando un gesto del bolsillo:

«Mejor que tus vidrios», le dije.

En otro tiempo yo mismo se los había hecho estallar; había lanzado fuerte hasta que este brazo, que todavía mantenía sus fuerzas, empezaba a dolerme. Ahora noté que también él había levantado la cara por una especie de reflejo tardío; lo miré de reojo, y supe que aunque él miraba y yo también lo hacía, ninguno de los dos miraba en realidad lo mismo.

Fuera de eso, no vimos ningún vidrio roto.

El Gaucho levantó los hombros, como si no le importara.

«Así parece».

Después siguió echando agua a sus plantas, aceptando quizá que tarde o temprano alguno le romperíamos.

 

 

En mi sueño, Quiteria tiene un peinado de mujer: se lo ha clavado en la nuca con una peineta fina y puntiaguda que lo mantiene quieto. Le gusta que sea así. Apenas mueve la cabeza para que no brinque con ella esa mata crespa que ansía recuperar su barbarie, su duro volumen de mujer de puerto. Yo la veo batallar contra su propia forma, quedarse quieta, sonreírme. Luego me llama. Abre su bata azul y saca un hermoso, pequeño pecho, que aletea vivo y que ella me ofrece sin hacer alarde de su poderosa influencia. Acerco mi boca con timidez a su centro y ella me da de beber la leche que brota, semejante a la naturaleza de un néctar. Soy un picaflor, Quiteria. Me acurruco en tu pecho y lo bebo despacio, paseo mi lengua hecha lengüita de ave por tu centro. La escena no tiene misterios para mí. Oh, no los tiene, al menos, hasta ahora. Bebo mientras alguien me dice al oído cosas sencillas, susurros, el viento cortado por el cristal, voces tirando del hilo de una charla, rutas de autos, bocinas, una mano en mi hombro.

«¿Boleto?»

Hurgo en mi bolsillo, acomodándome al asiento. Saco una moneda de un sol y la hundo en la mano que se me alarga.

«¿A dónde vas?», insiste el hombre.

«A San Marcos».

«Sol veinte».

Saco la identificación y se la enseño.

«Ah, ya», dice ahora.

«Mi vuelto».

«Momentito», dice.

Pienso en recuperar el sueño, pero ya es tarde. Termino de acomodarme en el asiento y veo el medio cuerpo del hombre llamando pasajeros que pasan al otro lado del vidrio, quedándose atrás, con mi naciente hombría abultando el pantalón donde se perdió la siesta. Ninguno sube. Los itinerantes, detenidos en el paradero de latón quejumbroso, miran hacia atrás, perdidos en el vaho quemado de una carretilla de carnes, la secuencia de combis y autobuses detenidos. Aunque el hombre insiste ninguno sube, y tres calles más tarde regresa, haciendo sonar su mano llena de monedas, como si se tratara de una sonaja. «Pasajes», repite. «Pasajes, pasajes…». Una de las monedas que atrapa de mano ajena queda libre en la mía. Es una moneda de oro falso, sucia, de muchos tactos, quién sabe de cuánto tiempo. La miro y la devuelvo al bolsillo. Tanto viaje para volver a otra mano, pienso.

 

 

Encontré a Toti en las gradas del edificio de la Facultad: tenía los ojos rojos y un olor dulzón en el chaleco. Me miró y yo sonreí.

«Estás llorando, huevón».

Miró, achinándome los ojos detrás de sus gafas, y sacudiendo suavemente la cabeza, como si se metiera la risa al cuerpo, rió bajito, como hacen las aves cuando se engullen una lombriz.

«Siempre», dijo.

«¿No me invitas?», apoyé mi mochila contra el enrejado que nos servía de respaldar y me acomodé sobre el frío cemento de los peldaños.

Toti chasqueó la lengua.

«Las penas no se contagian, brother».

Sus labios parecían tendidos en un cordel que se le apretaba en las comisuras. Luego siguió tragando lombrices y yo me resigné a que no fumaría el resto de la tarde.

Miré el bosquecito que se enmarañaba a cien metros, delante de ambos, y más allá, la vieja Facultad de Administración, sus paredes azules que empezaban ya a descascararse. Algunos alumnos se habían sentado sobre el césped, armaban pequeñas discusiones, fumaban marihuana y alguno, quizá inspirado por una lectura tardía de Trotsky, rasgaba las cuerdas de su guitarra imitando malamente la pobre poesía de Silvio Rodríguez. Plegué la pierna y sentí un ligero dolor que se arrugó adentro. No logré ocultar el daño, pese a que lo sufrí con disimulo, por lo que Toti pareció escapar por un momento a su naturaleza flotante para percibir esa debilidad mía. Me miró la pantorrilla derecha y, viéndola, como desde lejos, movió la cabeza de derecha a izquierda como si hubiera sabido siempre que yo iba a terminar así.

«Te hiciste daño, brother».

«Sí», acepté. «Me mordió un perro. Ayer. Mierda de perros».

Toti abrió el cierre de su mochila y sacó una cajetilla de marlboros. Puso uno en su boca y raspó el encendedor hasta que una flama azul chamuscó el tabaco.

«Deberías hacer que te vacunen».

«Eso pensé».

Asintió, echando humo.

«Deberías hacerlo, brother».

«Eso mismo pensé», repetí. «De ahí vengo, de vacunarme».

«Excelente», sonrió Toti. «¿Antitetánica?».

Esta vez soy yo quien asiente.

«Le dije a la enfermera que me habían mordido en el descampado, cerca de la huaca».

La enfermera era una mujer mestiza, vestida con una gran bata blanca que apenas lograba ocultar su ropa civil.

«Buena idea», dijo Toti. «A ver si así, además, terminan de matar de una vez por todas a esos hijos de perra».

«Solo era para apurar el trámite», dije. «Si les digo que fue en mi barrio a lo mejor ni me atienden».

Entonces alargué mi mano y, viendo que le iba a robar el cigarrillo, Toti dio una calada rápida y luego aflojó la jeta.

«¿Y sabes que me dice la vieja?».

Movió el mentón.

«Deberías ver al señor Wilmer Ró, dice: el administrador de la vigilancia».

«El Negro Ró», dijo Toti. «Lo conozco. Tipo curioso. ¿Cuándo has visto un negro con apellido italiano?».

Nos tragamos el humo, soltando una risa circunstancial, y él dijo:

«¿Para qué quería que lo vieras?».

«Me dijo que cada día les llegaba un estudiante nuevo quejándose de los perros de la universidad; que tienen ya varias quejas y que sería bueno que el señor Ró estuviera al tanto de lo que hacían sus perros. Ellos se ocupan de vacunarte, dijo, pero la única vacuna efectiva, en verdad, sería que los perros solo estuvieran sueltos en el campus de noche, y no todo el día».

«Es interesante», dijo Toti. «Los perros. Si lo piensas bien, son como los milicos».

«¿Y sabe dónde encuentro al señor Ró?, pregunté».

No tenía necesidad de encontrarlo, pero si me iba a poner a fingir, era mejor fingir por completo».

«En el comedor dijo la enfermera. Aquí al ladito».

«No tienen la culpa de ser lo que son», dijo Toti.

«Los encierran todo el día aquí. Y es normal que muerdan. Por algo son milicos: como los perros, por algo son perros».

 

 

Así y todo caminé hasta el comedor principal, porque Ró no estaba al ladito; y tuve que cruzar el campus, desde la entrada del estadio hasta la Facultad de Química. Y delante de toda aquella larga fila de estudiantes hambrientos y de cachacos que abandonaban sus fusiles junto a las porterías para jugar al fútbol sin lastimarse los hombros, no hallé a Ró, tampoco allí. Ró estaba dándole vuelta a la universidad, junto a la pirámide de la huaca, comiéndose el polvo viejo que ese trozo de ciudad extinta le contagiaba al aire. Estaba en el campo de fútbol. En la mitad. Vi que tenía que echarle agua al césped, mientras todo alrededor era un solo desierto plano, salvo por aquella pirámide difícil de imaginar, de adobe, que se caía como si fuera polen seco y estéril. Y alrededor de él, vi solo perros que se rascaban la espalda contra el gras y que le brincaban como si fueran hijos suyos. Pensé en la vieja cargando sus cubos, llenándolos. Y en la ducha fría, hecha de jarritas, que me hacían desvestirme queriendo acabar rápido. Hace cuánto que pasó eso. Y hay algo en el señor Ró tan triste de ver, que prefiero que no sepa más lo de sus perros; porque, si así fuera, tendría tal vez que echarle veneno a trozos de carne y plantar los callejones para verlos saltar, rascarse el lomo, echar espuma por la boca y luego echar sus cuerpos en bolsas de plástico, y todo porque no hay dinero para que haya más señores Ró, sino perros, perros que son como los milicos, pero menos caros. Si no fuera porque a la vieja la puso orgullosa que yo entrara a la universidad, yo quizá también me habría vuelto un cachaco. O un marino. Mi abuela soñaba con verme vestido de blanco, zapatos blancos, gorra blanca. Y mi madrina, que la quería, tenía un familiar en la Marina. Y lo pensé. Pero también pensé que ya me habían aceptado en la Facultad, y que quizá no estaría mal que lo intentara. La vieja me besó en la frente una y otra vez cuando se lo dije, y un olor agrio, desgastado, que nacía de ella, se me metió por las narices. Se quedó allí dentro.

Sacó fotos el día en que me afeitaron la cabeza. Ese día vi caer uno a uno mis cabellos, y ese desconcierto ha quedado registrado en las fotografías que ella misma, con su mala puntería, sacó. Todavía la enternece mirarme así, y cada vez que mi madrina me visita, saca el álbum de fotos y le muestra aquellas con una mirada húmeda, con esa expresión que le cruza la cara iluminándola de esperanza; esa esperanza que yo soy ahora para ella. A mí no me gusta verlas. No me gustan. Cada vez que lo hago, miro con miedo aquel suelo lleno de lo que a mi cuerpo le costó cinco años hacer crecer, y la ausencia del dolor me estira el rostro, lo hace fláccido bajo los ojos abiertos que miran, ausentes, como si, con cada corte, cayeran ellos también al suelo.

«Igualito a su papá», dice, cada vez que me encuentra en esas fotos, mi madrina. «Así, con esos pelos, cortitos».

Esos pelos cortitos que se cortan.

Y no duelen.

 

 

«¿Te imaginas si esta historia se convirtiera en un cuento fantástico?», dijo Toti.

Habíamos encendido otro cigarrillo y la pared de la Facultad de Administración seguía pelando sus paredes azules, y los muchachos seguían hablando sobre Engels, y Silvio Rodríguez ya no cantaba: solo arañaba las cuerdas de su guitarra, como si estuviera nervioso, encarcelado, y Toti dijo:

«Sería así, brother: a un personaje lo muerde un perro. En represalia, el personaje –digamos tú– lo espera a la noche, y cuando lo ve, lo mata a pedradas. Siente dolor exactamente tres días después. Y cuando eso sucede, va a la clínica. Ró, o un hombre como él, es el enfermero, no solo el guachimán, el enfermero. Escucha, es paciente, y finalmente, con la mirada sarcástica, se arremanga la pierna del pantalón y las muestra: decenas de dentelladas hundidas en su pierna. Cientos. Lunares que se hacen agujeros, como aquella arena que escarban los cangrejos en la orilla de una playa antes de meterse para adentro».

«No suena mal», le digo.

«Escena final: el personaje camina a casa, sintiendo que está a salvo porque le han puesto una vacuna que lo previene de todo. Se siente bien. Nada lo preocupa mientras camina. Será por eso que no se da cuenta de que lo acompaña un perro, y luego otro, y luego tres, y luego varios perros, todos los perros del vecindario, en silencio, caminando detrás de él. Y esa es la clave de la historia, porque ahora tendrá que llegar a casa para saber si es él quien los guía o si solo es la anticipación de su muerte».

Pienso en la historia.

«Ahí termina», dice Toti.

«Puede ser una buena historia», digo al rato.

«Es una buena historia, brother».

«¿Y por qué no la escribes?»

«Lo haré», dice Toti. «Todo a su debido tiempo».

Fumamos un rato más y luego digo:

«¿No tienes clase?».

Levanto mi mochila; la monto al hombro; él dice:

«No».

«¿Mañana?»

«Sí, sí», Toti cruza sus piernas, y yo lo veo ahí, como un buda enjuto y sonriente. «Tú sabes dónde estoy, brother».

Pero no me voy.

Me asomo una vez más por entre las rejas que ahora nos separan, yo adentro y él afuera, y alcanzo a decirle:

«Se te olvidó el título, huevón».

«Rabia», dice, sin gritar, y lo dice así para que yo lo oiga, quizá con la intención de que yo empiece sentirla.

 

 

Esa noche tuve un sueño. Quiteria me abría las vendas y la herida de mi pierna era grande y podrida. Ella decía: «Así como estás no vas a poder casarte conmigo hoy, Manolo. Si me quisieras no harías esto. ¿Por qué me haces esto y esto? ¿Por qué?». Y luego yo veía cómo lloraba, cómo lloraba Quiteria echando mocos, tirándose de los cabellos, a su vez, que se le quedaban agarrados a los dedos como si fueran lombrices. Y luego yo veía cómo los metía en una olla, pelo por pelo, y cómo el agua de la olla, todo oscurecido y denso, burbujeaba hasta hacerse por completo un humo ensortijado que florecía. Mi madre bebía del cucharón: soplaba y bebía. Y todos estábamos contentos en la mesa, incluso mi viejo, que peinaba el plato hondo que mamá le servía con una mirada de satisfacción que yo nunca le había conocido. Sí, creo que ése era mi viejo, con el mismo pelo cortito, pegado a la nuca.

Sería el calor, luego. No sé bien qué sería, pero el aire me hinchó los pulmones y yo desperté.

Qué sería, pues.

Me puse a pensar sobre por qué el pelo que se corta no duele. Si nace ya muerto. O si le duele al alguien que seremos pero que no somos aún, como si el pelo envejeciera antes y esas mutilaciones solo las sintiéramos luego, cuando ya no tenemos cuerpo.

Esas cosas pensé.

Luego me quedé quieto, mirando el techo.

 

 

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Ilustración de Laura San Román