Una deslumbrante muestra de esplendor heterogéneo

Por Julio Fuertes Tarín

Julio Fuertes Tarín nos trae un cuento memorable galardonado con el Premio Jóvenes Talentos Booket 2008. Circos, acróbatas, forzudos, un mono violinista (y drogadicto) y mucho más en este relato explosivo.

Jérôme


Ante mí se halla, frenético, desatado, vestido con un traje de camisa y ataviado con un sombrero demasiado pequeño para su enorme cabeza. Agita el cráneo y enseña los dientes: está totalmente fuera de control, el maldito. Jérôme, el increíble mono que toca el violín, está interpretando su pieza más difícil exclusivamente para mis pobres oídos. Paganini. Pobres, sí, pobres porque a un mono lo máximo que se le puede pedir es que toque el violín, no que lo toque con gracia, con gusto, con amor. Nada parecido al amor sale de sus ojos saltones o de sus encías de medio metro, en varias ocasiones temo que haga trizas el violín contra el suelo, pero Jérôme es un mono disciplinado, y al terminar la pieza deja cuidadosamente el instrumento en el suelo y saluda al público, es decir, a mí. Yo por mi parte le aplaudo vigorosamente y entonces salta a mis brazos, me estrecha entre los suyos —larguísimos— y me llena la hombrera de babas. No es por norma un mono cariñoso, sino caviloso y solitario, así que me siento más o menos feliz de haber causado este júbilo fortuito y simiesco.

 

Pero súbitamente ¡OLIVIER LE HOUX! y yo salgo a la puerta de la caravana ¡DÍGAME, SEÑORA! y ella contesta ¡ACUDE A MI CAMERINO EN CUANTO SEA POSIBLE! y a mí me parece ¡BIEN!, gritamos así porque distamos una caravana el uno de la otra, aquí en el solar, fuera de la carpa. Yo vivo con el mono Jérôme, disciplinado y distante; ella es la dueña, jefa y acróbata estrella del circo. Miro a los ojos al primate, «Tengo que marcharme». Un gruñido agudo y un pequeño golpe en las piernas me hacen entender que él está de acuerdo. Hasta tal punto es intuitiva nuestra comunicación.

 

—Si tú lo tienes claro, yo más —le digo, y me ajusto los zapatos.

 

Miro al espejo al salir, tengo un aspecto desenfadado pero elegante, una seriedad distraída. Me vuelvo para decirle adiós a Jérôme, que ya se había tumbado en mi pequeñísima cama hace rato, me hace señas con el pie. Jérôme es un amigo, pero los seres disciplinados en extremo me producen cierta inquietud que no consigo vencer, me parecen como de otro planeta o alguna cosa parecida. Que tenga los pies prensiles tampoco ayuda.

 

Jérôme y yo somos los únicos franceses en el circo, pienso yo, que no asocio lo circense y lo vaudeville a ninguna otra nacionalidad. Y sin embargo a Jérôme lo conocí en este otro país, curiosamente tan lejos de la patria. Pienso todo esto al bajar de mi caravana y sobrepasar la de Hollis Parker, el forzudo inglés, un hombre cuya feroz estulticia no hace juicio a su cuerpo, bellísimo y fuerte. Suya es la caravana que se interpone entre la dama que clama y yo. Es bastante mayor que yo, y considero de muy mal gusto, por otra parte, su modo de recortarse el bigote; éstas son mis observaciones sobre Hollis Parker.

 

Con aire decidido retrocedo hasta la caravana de Hollis, subo los tres peldaños y me planto frente a la puerta. Levanto el puño izquierdo. Parece que sujete una jabalina imaginaria o que vaya a lanzar una piedra, parezco un maquinista tocando el claxon o un revolucionario ruso, lo que no parezco es un hombre que va a tocar a la puerta de Hollis Parker, así que desciendo de nuevo los escalones con la misma firmeza con que los subí. Esta vez rodeo su caravana y llego hasta la de mi jefa, que tampoco es francesa, sino una mezcla española e inglesa. «Adoración Terry», pone en su puerta y así es como se llama la dueña del circo. En realidad es acróbata estrella retirada, porque pese a conservarse estupendamente ya no se ve preparada para atizársela desde un tercer piso. Toco a su caravana, entro y nos acostamos rápidamente, como sucede con frecuencia.

 

—Ay, Olivier —me dice—, ya no sé si vienes por mí o porque siempre te llevas un regalito.

 

Se carcajea de un modo divino. Me parece fundamental saber conservar la elegancia al reír, bueno, y en todo momento. Ella lo logra, es una princesa. En el momento exacto le beso la frente —porque en el fondo adoro a Adoración Terry— y la rodeo con un profundo abrazo. Poco después me llevo los verdes a mi caravana. Toco a la puerta y entro.

 

Jérôme me mira despachurrado en la cama, parece ido. Una jeringuilla le cuelga del brazo. Creo que ha calculado mal el tiempo del coito y le he pillado chutándose. No sé si sentirme bien porque cree que soy una máquina de follar o sentirme mal porque vivo con un mono que se droga. Mi primer impulso es gritarle algún insulto grave, pero seguramente me saldría en francés, y en este idioma los insultos no sirven de nada. Por otra parte, no me gustaría que nadie se enterase de que Jérôme, el increíble mono violinista, se está metiendo drogas duras: la sorpresa ya se ha cebado suficientemente conmigo. Soy un tipo de extremada frialdad en el razonamiento, de todos modos. Le hago señas, pero parece que estuviera escuchando a Schönberg sumergido en una bañera de gelatina. Me meto en el cuarto de baño y saco el bote donde guardo los verdes.

 

—Menos mal que el mono nunca entra aquí —me digo—, si se enterase, el muy cabrón se lo gastaría todo en drogas.

 

Fuera del baño, miro al mono y por algún motivo me da lástima sacarlo de mi cama, sobre la cual parece estar viajando al hiperespacio.

 

Salgo al solar para ver si estoy más decidido esta vez: con un par de carreras en el frío me planto de nuevo frente a la caravana de Hollis. Vuelvo a la mía con un ojo morado y el mono todavía sigue en su viaje, pero parece recobrar la consciencia cuando me preparo el primer café de la noche. Y mañana trabajamos, por Dios santo.

 

—Puto mono —le susurro desde la mesita. Me levanta el dedo corazón y luego se agarra la cabeza con las dos manos peludas. Esta vez le hablo en nuestro idioma—: ¿No te das cuenta, primate infame, de que «Jérôme, el increíble mono drogadicto» no es un nombre que atraiga a niños y mayores? Como mucho a una piara de punks o algo peor, quizá de yuppies, pero lo dudo: ni siquiera te metes nieve, te has chutado maldita heroína. Debiste aprenderlo en aquel sucio barrio de Londres de donde te saqué, petardo. Dime, ¿de dónde la sacas?

 

Pero hablo en vano. Jérôme se tira un pedo y se tapa la cabeza con mi manta. Puto mono.

 

 

Gran Fadún


A la mañana siguiente acudo raudo a la llamada de Adoración Terry, que está acabando de pintar un cartel que enviará a la imprenta. Circo Gran Fadún es lo que pone en la cabecera,tiene un enorme tigre dibujado en el centro y hay letreros y reclamos escritos por todo él. Hay un dibujo de un simio rabioso que hace bastante justicia a la cara de Jérôme cuando toca el violín.

 

            ¡FANTÁSTICO!

                        ¡INCREÍBLE!

 ¡UNA DESLUMBRANTE MUESTRA

            DE ESPLENDOR HETEROGÉNEO!

 

¡USTED SE QUEDARÁ ATÓNITO!

                                                                                                                                                                               ¡BOQUIABIERTO!

                                                                                                                                                      ¡MÁS QUE SORPRENDIDO!

¡ ... !

 

—Me falta un adjetivo aquí al final —me dice la señora Terry.

 

—«Perplejo» es un adjetivo perfecto para un cartel como éste —le digo—. ¿Por qué hay un tigre dibujado si sólo tenemos un mono?

 

—Son cuestiones de mercadotecnia, joven Olivier. —Sonríe. Admiro su estilo.

 

—Me gusta mucho lo de «Una deslumbrante muestra de esplendor heterogéneo», ¿es tuyo? —le pregunto.

 

—No, lo vi en un cartel inglés hace muchos años —me dice ella—. Voy a poner «perpléjico», porque si no es esdrújula no hay redondez en la segunda parte del cartel, date cuenta, Olivier.

 

Asiento con la cabeza, aunque perpléjico me parece el nombre de alguna enfermedad incurable. Después de todo, «pasmado» o «espantado» no son para nada apropiadas. Decido marcharme antes de que me engatuse, ya tengo bastantes verdes esta semana. Le lanzo un beso desde la fronteriza caravana de Hollis. Me envalentono de nuevo y llamo a la puerta de ese maldito tonto. Vuelvo a la mía con un labio roto y una caída de culo, no sé si progreso.

 

Esta vez el mono Jérôme no está introduciéndose sustancias ilegales en la vena. Cuando me acerco a por un pequeño libro de teatro español me pega un capón. Los momentos de ocio son, en realidad, muy aburridos en comparación con los de trabajo. Supongo que es porque soy acróbata. Jérôme se disculpa luego con un toque de pie y me hace un extraño gesto con la mano. Yo le recito:

 

Siempre fuisteis enigmático

y epigramático y ático

y gramático y simbólico

y aunque os escucho flemático

sabed que a mí lo hiperbólico

no me resulta simpático.

Habladme claro, Marqués,

que en esta cárcel sombría

cualquier claridad de día

consuelo y alivio es.

 

Jérôme, el increíble puto mono, se tira un pedo (más). Le arrojo el libro, regalo de mi padre, a la faz.

 

 

Conversación entre Adoración Terry y Hollis Parker


Esta noche, Adoración Terry siente piedad por Hollis Parker. Esta noche y en realidad siempre: lo considera un pobre tonto, pero un peón hermano, porque en esta pequeña familia circense es imposible no quererse ni un poquito. Así que lo sienta en su caravana y le prepara un chocolate caliente que por la tarde ha traído la madre de uno de los niños, dice que en profundo agradecimiento por la reveladora interpretación de Paganini por parte del mono, una visión fresca y diferente, ja ja ja, se ríen los dos. Interpretación exquisita, pero en un sentido más bien portugués, como el chocolate que ha traído la señora, por cierto. Hollis Parker habla de cosas de forzudos y ella lo hace de cosas de jefes de circos pequeños, de modo que la conversación no suele confluir en ningún punto, apenas rozarse de vez en cuando al hablar de meteorología o qué cómodo el sofá, parece mentira que con tan poco...

 

—Una empresa tan familiar como la nuestra, que consta de tres personas y un maldito mono  decía maldito aunque también lo quería—, ha de aprender a moverse muy bien bajo los focos. Estoy contenta por cómo ha salido hoy, Hollis, hemos logrado una compenetración que no había visto hasta ahora, excepto lo del micro de Olivier, que, bueno, es totalmente perdonable.

 

—Bueno, menos mal que los niños no entienden demasia do de esas cosas, señora Terry —le interrumpe Hollis—, pero me parece que el chico está un poco despistado.

 

Adoración Terry sólo sonríe.

 

—No te preocupes, Hollis, el chico es muy necesario aquí: es imaginativo, tiene cabeza, y es flexible y resistente como el maldito trigo. Sé que tú llevas mucho tiempo conmigo y puedes llegar a pensar —aquí carraspeó graciosamente— cosas raras, pero no te preocupes, Olivier es un buen chaval que además te tiene en gran estima. Es un poco tímido, pero hay que aprender a darle cuerda. A ver si haces un esfuerzo y te encariñas más con él. —Hollis asintió, pensativo, hubo un breve silencio—. Además, es el mejor acróbata que podemos tener ahora mismo, incluso cuando vienen esas gemelas italianas con sus ridículos trapecios, que sí, que lo hacen bien, pero no tienen personalidad ni garra ni nada.

 

El forzudo se encoge de hombros:

 

—Es verdad, señora Terry. Perdone, pero ¿por qué hace tanto que no nos acercamos a un lugar más grande en vez de visitar siempre pequeñas aldeas?

 

La señora Terry golpeó la nariz del forzudo con un dedo y dijo:

 

—¡Ah, Parker! te lo explicaré rápidamente: las empresas circenses se ciernen como buitres sobre las poblaciones medianamente grandes, y no podemos competir con ellas debido a nuestra humildad. Pero sí podemos acercarnos a los pequeños pueblos donde ellas no llegan y enseñarles la magia del circo a estos pobres niños. ¿Qué te parece?

 

Pues que tiene razón, señora Terry, claro que sí.

 

 

Escena de circo (en blanco y negro, como el pasado)


Hollis Parker, en un alarde de fuerza sobrehumana, coge de los tobillos al atlético Olivier, es decir, a mí, y me lanza por los aires. La confusa mixtura de luces de carpa y arena me resulta familiar, doy unas cuantas vueltas por el aire y aterrizo graciosamente. Los niños rompen en aplausos; no rompen como las olas en el mar o como el viento contra la pinada porque en realidad son diez o doce, últimamente no nos acercamos a las ciudades grandes por no sé qué de la competitividad. «Pero el asunto familiar está bien», me digo mientras corro de nuevo hacia el forzudo Hollis, me apoyo en su rodilla y luego en su hombro para hacer un salto mortal. De nuevo hay una espectacular mezcla de colores y de arena, y como siempre temo golpear con el cráneo en el suelo. Es un temor que nunca se va del todo, supongo, pero hoy tampoco es el día y caigo felinamente en pie. Sin darme apenas tiempo a saludar, Jérôme sale corriendo y da un par de vueltas por la carpa, seguido por el foco que Adoración Terry maneja con pericia. Yo, histérico por la adrenalina, por Hollis Parker y por la felonía de dudoso gusto que me acaba de propinar Jérôme, corro hacia el micrófono seguido del forzudo, que me observa atentamente. Trago saliva mientras lo desenredo de la inverosímil maraña de cables que lo aprisiona y, por fin, enciendo. Me estremezco con la mera presencia de Hollis, la verdad: es un tipo duro. La señorita Terry sigue dando vueltas con el foco. Esta espectacular iluminación de la que el forzudo y yo nunca hemos disfrutado hace que los muchachos se sientan increíblemente fascinados por ¡JÉRÔME, EL INCREÍBLE MONO DROG— QUE TOCA EL VIOLÍN! La mirada que me lanza Hollis casi me tumba, pero es mucho peor intuir en la lejanía la de la señora Terry, cuyo foco luminoso se detiene por un instante y luego sigue la persecución. Los niños, por supuesto, no se han dado cuenta de nada. Jérôme se gira por un instante hacia mí. Su mirada, no mucho mejor que la de mis congéneres, busca mi aniquilación. Un segundo después se gira de espaldas y ta, tararirerorí, tororirerorá, el capricho número veinticuatro de Paganini. Al terminar, lanza su sombrero a uno de los niños, lo que nos obliga —como tras cada actuación— a comprarle otro. El público es tan reducido y disperso que no ha lugar a ninguna pelea por el valiosísimo trofeo (que con toda probabilidad pasará a formar parte del museo de este humilde Ayuntamiento). No sé mucho de esto, pero creo que el mono es ya la principal fuente de pérdidas económicas del circo, porque es difícil encontrar un sombrero que aguante en su cráneo todos esos vaivenes locos. Siempre tenemos que desplazarnos a la ciudad a por uno nuevo antes de cada actuación. Cuando cesan los chirridos hay una gran ovación y ha terminado este día de trabajo. Después de una cena en la que presenciamos un par de lamentables desaguisados de Jérôme con el salero, cena agradable por lo demás, nos vamos a dormir.

 

Hollis Parker se dirige a la caravana de Adoración Terry, que me observa desde el vano de la puerta: hoy es el día de los escalofríos.

 

 

Urbs urbis


Hoy desplazamos las caravanas una vez más, y cuando empiezan a moverse es todavía de noche. Las llevamos a un pueblecillo cercano, el cual verá por primera vez una actuación circense, según las aseveraciones de la Terry. No dudo de que sea exactamente la primera vez tanto como de que sea técnicamente una actuación circense. El circo requiere un despliegue de medios y de personal quizá mayor, y aunque nos llamemos Circo Gran Fadún lo cierto es que no parecemos un circo, que desde luego no somos muy grandes, y que... bueno, eso de Fadún no sé lo que será. Doy noticia de mis discurrimientos a Jérôme, que asiente despreocupadamente.

 

El paisaje es monótono y en absoluto inspirador, así que me echo un rato. Me despierta el griterío delos chavales, y la mano peluda de Jérôme, que enarbola un fajo de billetes un poco despoblado. Tengo la boca muy pastosa, me parece. Miro a la puerta de mi caravana, abierta, y allí está la Terry diciéndome ya sabes lo que tienes que hacer, y yo dame un minuto.

 

Así que allí estamos algunas horas después, en la ciudad, en una maldita tienda de sombreros. Jérôme es un primate muy quisquilloso, de un gusto exquisito en sombreros. Por otra parte suele intentar regatear con la mayoría de vendedores, lo que me sugiere que quizá se criase en Mauritania o algún país de cultura mahometana. Lo mejor de todo es que gracias a su condición simiesca los vendedores suelen entrar en el juego, creyendo que pueden venderle el material a un precio más caro. Pero, de un modo que no alcanzo a entender, Jérôme, el increíble mono regateador, acaba saliéndose con la suya.

 

—¿Cómo lo haces? —le pregunto retóricamente al salir de la tienda.

 

Jérôme hincha el pecho entre la muchedumbre —la calle está abarrotada— mientras camina con su sombrero nuevo. A mi izquierda, una muchacha rubia me mira obstinadamente, yo miro obstinadamente hacia adelante.

 

Es habitual perder a alguien entre el gentío, sin embargo es siempre extraño ese momento entre la pérdida y la noción, el momento en que uno ha perdido pero no lo sabe. Es como la calma —tan mentada— que precede a la tormenta, aunque lo cierto es que yo no recuerdo ninguna calma especial antes de las tormentas. Cuando tomo fuerte la mano de Jérôme, la muchacha rubia me mira y se aparta sobresaltada.

 

—¡Más despacio, caballero! —me dice.

 

—Será imbécil —alcanzo a mascullar.

 

Mientras busco, instantáneamente sudoroso, al simio, escucho un «hijo de puta» de fondo. Me desplazo hacia un lado de la calle, menos transitado, y me parece verlo con el chaqué —¿llevaba hoy chaqué?— y el sombrero, correteando hacia una esquina. Me doy ánimos recordándome la perfección de mi carrera bípeda respecto a su torpeza simiesca, pero al llegar a la esquina ya no veo nada que se parezca a un mono con chaqué. Con una mezcla de fe, fuerza de voluntad y una marca de agua con la cara demoníaca de Adoración Terry dentro de mi cabeza, me lanzo hacia la callejuela que serpentea por la derecha, y tras un par de intersecciones más me encuentro en el peor barrio de la ciudad.

 

Después de media hora, y con la función apenas a unos minutos del comienzo, encuentro a Jérôme tirado en un portal con vómito en el chaqué, vaya, que sí que llevaba chaqué. Así que carreras, agua de la fuente, más carreras y carreteras, el mono espabilando y yo cagándome en la hostia, un poco más de minutos y minutos y minutos y carreteras y los flecos de la carpa, y Hollis alargando su número, minuto tras minuto, bajo el foco de Adoración Terry, la puerta de la carpa se cierra con nosotros dentro y suena como un enorme suspiro. Me lanzo a la pista ya sudado y cansado, Jérôme se tambalea hasta su violín. Llego al centro, salto, doy una voltereta y saludo, más de cincuenta niños claman y aplauden. Trago saliva.

 

 

Escena de circo colorida y espectacular


Nada más aterrizar yo en la arena, Hollis Parker, desde sus cinco o seis metros de altura, me da un par de toquecitos en la espalda para tranquilizarme. Mientras me levanta de la cintura me dice que su número ha salido bien, que no son tantos niños, que hoy ya hemos ganado mucho dinero, que vamos a hacerlo de puta madre. Miro al público subido en sus cinco o seis metros, no me queda saliva que tragar. Las madres también están, pero más arriba. Se lo agradezco y salto mortal abajo, carrera acrobática hasta la grada, me paseo haciendo equilibrios delante de los niños, les choco la mano. Mientras tanto, Hollis levanta unos objetos que no distingo pero que deben de ser pesadísimos, y Jérôme está arriba abrazado a Adoración Terry, que le está limpiando el chaqué mientras me sigue a mí con el foco, increíble Adoración Terry, acróbata estrella, a ver si ahora tenéis cojones de preguntarme por qué. Por fin me relajo un poco, salto desde gran altura y ruedo al caer mientras me dirijo de nuevo hacia el tanque Hollis Parker. «Hollis Panzer», me digo, y no puedo evitar sonreír mientras corro. Él me devuelve la sonrisa y esto casi me desequilibra, pero conseguimos hacer el último salto catapultado especial, caigo y comienzo a correr hacia el micrófono. Adoración Terry apaga el foco un instante, parece que todas las luces se apagan y de repente una enfoca a Jérôme, que está bajando en tirolina, agarrándose con una mano y con el estuche de su violín en la otra. No estoy muy seguro de que aguante tomar tierra, pero JÉRÔME STANDS STILL, grito inevitablemente como un comentarista de boxeo, porque el mono está de pie haciendo unos graciosos estiramientos y saludando con el sombrero nuevo que tanto me alegro de haberle comprado. A falta de mono, abrazo un poste que me queda cerca mientras Jérôme abre el estuche de su violín, saca el arco —lo cierto es que sí parece un poco tambaleante— y hace una pequeña escala mayor. Do re mi fa sol la si do, toca, y luego do si la sol fa mi re do. El circo se desmorona en aplausos, pero Jérôme no tiene bastante con eso y comienza sol sol sol sol sol sol sol sol y le añade la quinta re re re re. Y entonces comienza sol, la#, do; sol, la#, do# do. Los infantes fanáticos de Deep Purple abren mucho la boca, bueno, yo también, pero yo no me vuelvo hacia mi madre y le digo ¡MIRA, MAMÁ, MIRA, EL DISCO QUE, TE ACUERDAS!, pero yo sí que miro a Hollis, estamos arriba todos, junto a Adoración Terry, y les digo «No irá a tocar el solo», y Jérôme se arranca con el solo, con el chaqué oscurecido por el agua y algún tropezón de vómito, y pienso que quizá el rollo de la heroína no será tan malo al final, mientras no la palme. Pienso que qué locura que estemos cogidos de la mano los tres mirando este espectáculo y cómo saluda Jérôme al final y se apagan todas las luces, los niños se van a su casa a intentar aprender a tocar la guitarra y yo me meto en mi caravana y cojo una cogorza del copón, creo que como todos.

 

 

Epílogo


Menudo ciego de la hostia. Me acerco a la caravana de Hollis Parker, esta vez va a escuchar todo lo que tengo que decirle. Subo mi pie al primer peldaño, inspiro fuerte y relajo los hombros. Espiro relajadamente y subo el segundo peldaño, realizo una nueva inspiración que me llena de inspiración, me río el chiste, no sé si espiro o expiro, subo el tercer escalón a trompicones y llamo a la puerta, que se abre bruscamente, y yo frunzo toda la cara esperando el golpe celestial que me mande culo abajo de nuevo. Pero pasan varios segundos y nada de esto sucede, así que poco a poco voy desabrochándome la cara hasta que abro los ojos. Hollis Parker ha apagado las luces y ha encendido una vela, la puerta está abierta. Una lágrima de felicidad corre por mi mejilla.


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Animación de Alfonso Rodríguez Barrera