Textos
Contra la práctica cada vez más extendida de grabarse desnudo en vídeo y no mostrar la cara
Por Rubén Martín G.
En este texto, Rubén Martín G. se lamenta de haber tenido que destruir dos manuscritos demasiado parecidos a "Sonría a cámara", de Roberto Valencia. En un diálogo imaginario con el propio Valencia, Martín G. habla del confort y la posibilidad del reconocimiento en la pornografía. Se incluyen fotos guarras.
Le debo a Roberto Valencia un agradecimiento amargo e insincero por haberme hecho destruir dos manuscritos que le copiaban sin yo saberlo. Su libro de cuentos se llama Sonría a cámara. Ahí abajo veo a dos personas que me conocen y que sabrán que una de mis fantasías es verter novelas de un idioma a otro, con impunidad y sin más consecuencia. En privado. Por lo tanto, no puedo decir que de verdad odie convertirme de repente, o darme cuenta al menos de que soy, de que en ciertos momentos de mi vida podría no haber sido más que el traductor de Valencia de castellano a castellano. Como un filtro menor.
Seguro que muchos podríais poneros en mi lugar: habéis leído ya, producido por la mano de otro, ese libro que pensabais escribir. Yo ya había escrito ese libro que Roberto Valencia evidentemente también había escrito. Es un estadio entre divertido y humillante.
Esta es la segunda vez que me sucede con un autor vivo. A Pron tuve que devolverle el título Nadadores muertos, que había atesorado durante años (Natación para muertos, en mi traducción, ¡uno no puede ser tan preciso, dadme un respiro!). Mi resignación fue de signo viril: «puedo hacerlo mejor». La próxima vez, llegaré antes que tú.
La consecuencia directa de la traducción involuntaria del castellano de un autor a tu propio castellano es que todo tu material se vuelve inservible. En un primer momento uno piensa que puede transmutar todos esos papeles de documentación en otra cosa, amparado en esa gastada excusa de la visión propia. Mentira. ¿No ha sido suficiente este golpe, Rubén, para convencerte de que escribir ficción es una carrera en la que el primero que dice se gana el derecho a ocupar plaza de personalidad? Velocidad, potencia de tiro, rotundidad: una palabra tuya con la guardia baja bastaría para sanarme.
Así que he decidido ceder mis materiales a R. Valencia. Yo ya no puedo darles uso. Él tampoco, él ya ha escrito este libro de doce cuentos que tiene como línea maestra el motivo de la exposición/grabación de actos sexuales (vamos a simplificarlo) y la cómoda reproducción en nuestra propia casa a través de la pantalla del ordenador. Por esta vez, pase: es muy probable que Roberto Valencia haya conocido el sexo antes que yo (me lleva diez años) y es también bastante creíble pensar que accedió antes que yo a la pornografía en internet o a la pornografía en general.
La condición no nativa nos define, Valencia: ¿conoces ese cómic de Chester Brown, El Playboy? Quizás te ha parecido traducirlo en algún momento, quizás tenías un puñado de relatos como el de Brown sobre el intercambio subterráneo de revistas sucias en el colegio, sobre aventuras en las que los cromos de picar se transformaban en diagramas de despiece carnicero al saltar en el aire y revelar una pierna que termina en algún órgano aún ininteligible para casi todos, unas aureolas extremas que hoy se tratarían con Photoshop antes de ser entregadas al ritual de varios millones de pajas (oh, esto es autobiografía, perdón); puede que Chester Brown se nos haya adelantado a los dos al contarnos (¡a nosotros!) cómo los remordimientos por coleccionar revistas guarras le hacen un día deshacerse de ellas enterrándolas lejos de casa (¡a nosotros, Roberto, que hemos dado sepultura a más revistas cerdas de las que estos que leen puedan imaginar!) y cómo luego no puede evitar volver y escarbar y excitarse con las portadas medio podridas por la tierra (¡a nosotros, Roberto, que nos hemos masturbado sobre tumbas mucho antes de que Mike Sabbath pensara siquiera en hacerlo!). ¿Os pondréis en mi lugar? ¿Podéis dejar de tocaros y escucharme?
El caso es que te contaría, Roberto, lo que yo pensaba hacer con los materiales coleccionados a lo largo de estos años si esto no fuese una prueba de mi arrogancia. Y la arrogancia de uno no debe quedar por escrito. No al menos con el nombre de uno debajo; para eso se crean los personajes, mira los tuyos, sin ir más lejos:
«[…] Basta inventar una mujer similar a la actriz [Lea de Mae] y calzarle una biografía falsa no demasiado diferente de la original. Basta con echar mano del mismo nombre artístico —Lea de Mae—, y esperar a que la historia conmueva cuando hagamos transitar su figura a ambos lados de ese doblez morboso que es la profesión pornográfica. Veamos».
Pero puedo decirte que, pese a la diversidad de los puntos de vista (el de ese mismo cuento del fragmento, «Niños en el balcón»; el del narrador que nos explica la adicción a la pornografía de un niño de diez años en «El problema de la familia Polo»; el de la tercera persona que nos habla de Lidi en «Un tal Begman»: «Una no hace pornografía para los demás: la hace para sí misma») me hermano contigo en lo que de verdad detona todo esto: ¿qué les ha pasado a los hijos/as de los hombres/as?
A ti y a mí —lo sé por tu libro aunque no lo menciones— nos suena seguramente el nombre de Libby Hoeller, nos suenan estas imágenes.
Revenge videos. Libby Höeller. Libby Hoeler. Elizabeth Holler. Tres nombres diferentes para cinco vídeos. No está claro si el apellido es Holer, Höeller, Heller. Pero parece que éste era su nombre real. ¿Imagináis lo que le sucede a alguien que cambia su nombre verdadero? También necesitó cambiar de domicilio.
«Yo sé que la pornografía cuesta esfuerzo y es arriesgada y está mal vista, yo lo sé. Y sé también que a mucha gente la pornografía la redime». [del cuento «El sueño de Ven Sailor», p. 90]
Libby es leyenda, ha entrado sin saberlo (ahora ya deber ser consciente, claro) en un mundo de semen. Cinco vídeos, cinco repeticiones. Una estructura casi clásica, proporcionada. Pornografía armónica. Sin embargo hoy, unos años después, encontrar repeticiones de cuerpos y personas en la red es prácticamente imposible. Generalmente se crea la ilusión de algo tan megalítico (la comunidad) que invalida cualquier esperanza en la posibilidad de coincidir dos veces no con el mismo vídeo (esto es fácil), sino con la misma persona, y destruye del todo la esperanza de reconstruir una secuencia de vida (sexual y artificial, debería decir) de un mismo personaje (sexual y artificial). En este sentido, el reencuentro con una cara conocida en la masa creciente de pornografía casera gratuita en internet es una sensación novedosa. Supongo que este pensamiento es uno de los primeros que me hizo comenzar a traducir a Roberto Valencia de manera involuntaria, o lo que es lo mismo, decidirme a escribir el libro que ya no puede llamarse Natación para muertos, que ya no puede entregarse, que ya no puede leerse, y todo gracias a vosotros, Escritores Anteriores.
Lo que nos reconforta —sí, es confort, amabilidad, caserío, lo que en última instancia buscamos Roberto (los personajes de los cuentos de Roberto, digo) y yo en esta clase de pornografía— y nos interesa en este tipo de grabaciones solo es posible apreciarlo por medio del comparativismo: sin un fondo de dos o tres vídeos de un mismo personaje, todo nuestro interés queda desactivado: una de las condiciones de la excitación de Chester Brown, de los personajes en varios de los relatos de Sonría a cámara y de quien habla ahora es la posibilidad de la suma. Y de la reconstrucción.
Abandonemos lo abstracto: hablo de una pareja anónima de la que he podido encontrar hasta doce vídeos.
Nos familiarizamos y acabamos esperando una frase que no entendemos en la pareja ¿checa? que ha compartido sus ¿primeras? tentativas de sexo anal y esperamos alguna otra declaración en otro vídeo, una de esas palabras que jugamos a retraducir para fantasear con su significado: algo que parecido a una estructura alemana recuerde a una sintaxis anglosajona que nos permita crearnos la ilusión de entender, de aprender el suficiente checo como para apreciar el original. En algunos casos, alguien ha subtitulado el clip:
«¿Quieres aquí, delante de todos?» (están en un vagón de tren)
La mueca recurrente y cómica y facial de la chica en la travesura de una terraza, elementos que favorecen una simpatía y esa familiaridad, que permiten el seguimiento de una relación: el novio es sustituido por otro novio, conseguimos establecer una cronología basada en la longitud del pelo de ella, creemos adivinar con qué amante tuvo más intimidad, nos hacemos una idea del plano de su casa: dos plantas, al entrar nos encontramos con el comedor interrumpido por una mesa empotrada en la pared, si somos pacientes y leales a la narración de género que viene a continuación, sabremos que debajo de esa mesa se guarda una tabla de planchar. Sabríamos ir a la cocina de ese piso y dónde encontrar unas varillas para batir un huevo o batir a la doncella.
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